jueves, 10 de septiembre de 2009

El valor de la sombra

Aquí en Seikyuji a veces hace mucho calor. Un calor rotundo. En estas condiciones el ser humano rescata el instinto olvidado de buscar la sombra. La sangha se reúne en pequeños grupos debajo de los árboles en una imagen que recuerda las llanuras de la India de hace 2500 años. En estos momentos primordiales parece que el tiempo histórico sea una quimera y que aquellas personas de entonces sean las mismas que las de ahora y sus motivaciones iguales.

El verano es el tiempo de los pobres. Con poca cosa vistes y con poca cosa comes. Respecto al cobijo, una sombra es el bien más preciado. Una propiedad de carácter temporal y sometida a constantes cambios. Recuerdo ahora un cuento chino antiguo que habla del valor de la sombra, ahí va:

A la salida de una localidad, a orillas de un lago que bañaba el pie de una montaña serena, se encontraba delicadamente colocada, en su joyero de verdor, una casa grande y bonita. Estaba hecha con un basamento ocre de sillares y levantada con tabiques de madera con amplias aberturas primorosamente trabajadas. La rodeaba un agradable vergel, cercado a su vez por una tapia baja de ladrillos encalados y cubierta con tejas rosas barnizadas. Era la residencia de un viejo comerciante regordete a quien su sentido de los negocios le había asegurado un desahogo más que confortable.
Dentro del jardín, en los límites de la propiedad, había un cerezo de edad respetable que dispensaba una sombra generosa. En verano, huyendo de la chicharrina de su casa, al ricachón le agradaba descansar allí, abanicado por la brisa. Apreciaba particularmente el momento en que la sombra pasaba por encima del muro de su propiedad para estirarse hasta la orilla del lago. Allí permanecía tumbado largas horas, mecido por el murmullo de las aguas y el canto de los juncos, cautivado por los reflejos de las montañas en el espejo del lago.
Pero un día de canícula, cuando el mercader cruzaba el pórtico para encontrarse de nuevo con la sombra de su amado cerezo, ¡se llevó la desagradable sorpresa de ver a alguien tumbado en su lugar! Sólo podía tratarse de un extranjero, ya que nadie de los alrededores habría tenido semejante osadía. Su emplazamiento estival era conocido y respetado por todos, y a nadie le hubiera favorecido contrariar a este notable poderoso.
El viejo ricachón apostrofó al desconocido:
-¡Márchate! ¡Ése es mi sitio!
-¿Tu sitio?- preguntó el extranjero levantando la cabeza, coronada por un moño burdamente anudado. Pero ¿no es este un lugar público?
-¡Tal vez!- prosiguió el comerciante- ¡Pero es la sombra de mi cerezo! Me pertenece-
El hombre, con el aspecto y el atuendo de un aventurero, se incorporó con una sonrisa socarrona y dijo:
-¡Bueno, en ese caso, véndemela y podré permanecer en ella!
Y sacó su bolsa, haciendo tintinear el metal que contenía.
Esa música tan familiar y tan querida para el rico mercader tuvo por efecto detenerle en su impulso y hacerle reflexionar. ¡Nunca habría pensado en la posibilidad de comerciar con una sombra, una materia tan inconsistente, impalpable, inaprensible! La idea le pareció divertida,

Y él sabía que una de las reglas de oro de los negocios es que no hay beneficios pequeños. Cegado por su codicia, legendaria en toda la comarca, aceptó el trato, no sin antes fijar el precio de la sombra en diez taeles de plata. ¡Una suma modesta pero considerable tratándose de un bien que por lo general, no se vende! Había hecho el negocio del día. El viajero no regateó, pero pidió que el acto de venta se pusiera por escrito en la forma debida, y por duplicado. Entusiasmado con la ganga, el viejo ricachón volvió a su casa y regresó enseguida con el papel, tinta y su sello. Se cerró el negocio, y la venta de la sombra se pagó al contado.
En esa orilla del lago no había otro árbol, y el mercader regresó a su jardín, donde se contentó con la sombra de un albaricoquero. No era tan fresca como la del cerezo ni tampoco ni tampoco franqueaba el muro para que el pudiera contemplar el paisaje. Pero el avaro se acostó allí con la sonrisa de quien ha hecho un buen negocio. Sobre todo porque el desconocido, de paso sin duda, se habría marchado en unos días. ¡Pensó incluso que tal vez podría volver a vender la sombra a otro imbécil!
Cuando las nubes empezaban a sonrosarse como las mejillas de una virgen al cruzarse con un chico guapo, el rico mercader vio de repente al aventurero franquear su pórtico, Temía que el otro, si duda desengañado, viniera a reclamarle su dinero.

¡Menos mal que había un contrato escrito! El aventurero le hizo un gesto amistoso antes de sentarse con descaro en el jardín. Abrió entonces su bolsa y sacó algo de comer. A grandes zancadas, el dueño del lugar se precipitó para expulsar a aquel fresco de su propiedad.
-Sólo te he vendido la sombra del cerezo, pero no mi vergel. ¡Lárgate enseguida!
-¿Donde crees que estoy sentado precisamente?-preguntó el extranjero-.
Fíjate bien, estoy en la sombra del cerezo que ahora se encuentra aquí. Me la has vendido, es propiedad mía.
Atónito, el viejo ricachón dio media vuelta, entro en su casa y cerró tras de si dando un portazo. Al cabo de media hora, el aventurero estaba sentado bajo el porche, allí donde la sombra del cerezo se proyectaba en ese momento.

Al crepúsculo, el mercader casi se ahogó de rabia cuando vio al inoportuno franquear con su talla imponente la ventana del salón para venir a sentarse en un sillón donde la sombra había elegido domicilio. El viejo conminó al latoso a abandonar el lugar, le amenazó con hacer que sus sirvientes lo expulsaran. Pero el otro desplegó tranquilamente el contrato, lo volvió a leer en voz alta y declaró que llevaría el caso a los tribunales y reclamaría daños y perjuicios si no podía gozar de su propiedad.
Vencido por este argumento tan apreciable, el ricachón se batió en retirada a su habitación, donde se encerró y esperó a que la noche apagara la sombra del cerezo. Pero era una noche de luna llena. La sombra del cerezo se coló a través de la persiana de papel en la habitación de la joven concubina del mercader. ¿Acaso la sombra rozó su lecho, su piel de satén? La historia lo insinuaría sin afirmarlo, y el viejo ricachón tampoco habló de ello, quizá demasiado sordo para haber oído nada concreto...
El tejemaneje duró varios días. Por la mañana, el aventurero estaba indefectiblemente en la habitación de la joven concubina porque el sol naciente proyectaba en ella la sombra del cerezo...El caso es que el viejo mercader, al borde de la ictericia, acabó por llevar él mismo el caso a los tribunales, alegando un uso abusivo del derecho de propiedad.

El juez encontró muy embarazoso, jurídicamente interesante e infinitamente delicado. Dejó el caso visto para sentencia. La historia tampoco dice si este magistrado pertenecía a la raza de los hombres honrados, de los justos que impiden que el mundo bascule completamente hacia el caos, o si era, por el contrario, uno de esos funcionarios corruptos tal vez decepcionados de no haber recibido nada notable de aquel viejo rácano. Su sentencia estimó finalmente que el acto de venta era absolutamente válido, que el derecho de propiedad era imprescriptible y sagrado. Le dio la razón al propietario de la sombra y condenó al ricachón al pago de las costas, así como a una multa considerable cada vez que impidiera al otro a disfrutar de su propiedad.

A la mañana siguiente, con la muerte en el alma, el tacaño abandonó su bonita propiedad a orillas del lago, en medio de la hilaridad general de sus vecinos, para ir a habitar a una casa que poseía en el centro de la ciudad.

El aventurero se instaló en la bella residencia abandonada. Al cabo de diez años de ocupación se convirtió legalmente en su propietario. En cuanto a la joven concubina sobre la que se había posado la sombra del cerezo, el viejo mercader la abandonó entre los muros de su antigua casa, ante la insistencia, al parecer, de la arpía de su mujer titular, quien, poniendo como pretexto la incuria manifiesta de él, habría tomado las riendas de los asuntos del hogar. Y el nuevo dueño de la casa del borde del lago no tardó en desposar a la encantadora compañera abandonada, para gran alegría de ésta.

Y así fue como, vendiendo una sombra, que es como decir nada, por un puñado de monedas de plata, que es como decir casi nada, nuestro hombre de negocios perdió su casa y a su bonita concubina, una y otra compradas a precio de oro.




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