martes, 12 de octubre de 2010

Sobre la desaparición de los signos

¿Sería la sola plenitud del libro la plenitud de la página blanca? Esa idea o esa visión ha acompañado con persistencia la imagen del libro en la modernidad y, por cuanto toca a lo poético, ha obrado como determinante radical. El libro se compone, al igual que el poema, ese raro organismo respirante, con blancos y silencios donde evolucionan las figuras y los signos en un movimiento de aparición y desaparición sin fin.

Leer es entrar en el libro, es decir, en el territorio de su infinita posibilidad. Entrar en su blanco, en su silencio o en su vacío. "Un libro vacío -escribió en el siglo XVII el poeta inglés Thomas Traherne- es como el alma de un recién nacido, en la que todo puede ser escrito. Es capaz de todas las cosas, pues no contiene nada".

La plenitud del libro es su vacío. De ahí que el libro sea también concavidad, matriz. Por eso, cáliz y libro (grasale y gradale o graduale) se reúnen en el símbolo del Graal, según René Guénon.

La visión mallarmeana de la página blanca reopera en cierto modo el paso del libro a lo sagrado. En los rituales taoístas de establecimiento de un área sagrada, la ceremonia final consiste en la instauración o colocación de los Cinco Escritos Reales, espontáneamente revelados cuando la creación del universo. En las liturgias que evoca Kristofer Schipper en su bello libro El cuerpo taoísta, esos cinco escritos "reales" o "cósmicos" o "sin imágenes" están representados por hojas de papel virgen, por páginas blancas.

Plenitud de la página blanca donde la incripción perfecta del signo puede hacer, por ejemplo, que el carácter "cigüeña, según sucede en la leyenda del calígrafo chino, se convierta en el ave misma y vuele hasta desaparecer.

Lugar, el libro, de la aparición y desaparición de los signos; espacio, como en el Sepher Yetsira, no tanto de la forma como del movimiento infinito del engendramiento o de la formación.


José Ángel Valente
"La Experiencia Abisal"

3 comentarios:

Gloria dijo...

.......mientras leía el texto me ha venido la imagen de esas páginas blancas de arroz tan suaves que a veces recuerdan nubes.
Gracias

RAB//. dijo...

Vaya, qué raro, escribí hace tiempo algo parecido usando ese adjetivo: abisal, sin tener idea de que este señor andaba por similares derroteros... Sincronicidad, quizá. Hermoso texto. Lindo, lindo, me lo apunto.
:+

To Kai dijo...

Gracias RAB.Y para sincronicidades apúntate esta:

"La palabra poética, cuando se manifiesta y la recibimos, nos invita a entrar en un territorio extremo, en el territorio de la extrema interioridad, en un lugar del no lugar, del no dónde, en un espacio a la vez vacío y generador, concavidad, matriz, materia mater, materia memoria, origen.

El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes. Nos da la transparencia para que el mundo pueda verse a través de nosotros o pueda oírse como oímos el sempiterno rumor del mar en la concavidad de una caracola.

El mar, el tiempo, alrededores de lo que no podemos medir y nos contiene."
(Valente)

Este texto me recuerda mucho a un gran autor que he descubierto en tu Posada Poiseis: Fogwill.

Nos retroalimentamos RAB.