martes, 18 de enero de 2011

Angulimala el serial killer



Era un peligroso asesino

Habían pasado veinte años desde la iluminación del Buda. Cada año pasaba la temporada de lluvias en el Bosque de Jeta, en Savatthi. Una vez, ocurrió que un cruel ladrón y asesino andaba rondando por el reino de Kosala. Era un sujeto que atacaba, robaba y mataba de manera indiscriminada a cualquiera que se atravesara por su camino y a cada una de sus víctimas le cortaba un dedo. Con esos dedos se había hecho un grotesco collar y por eso se le conocía como Angulimala, el del “collar de dedos”. Por donde quiera que se le veía la gente huía aterrada, de modo que aldeas y pueblos enteros habían quedado desiertos.

El Buda se acerca al escondite de Angulimala

Una mañana, después de mendigar su alimento en Savatthi, el Buda emprendió el camino rumbo al distrito en el que se sabía que Angulimala sembraba terror. A medida que el Buda pasaba por ahí, los granjeros, ganaderos y viajantes le advertían que no siguiera por ese camino. Grupos de diez, veinte, treinta y hasta cuarenta personas habían intentado atravesar por esas sendas, con la esperanza de que al formar un conjunto numeroso estarían seguros, pero todos habían caído en las crueles y temibles manos de Angulimala y así habían perecido. El Buda escuchaba sus recomendaciones pero no se dejaba persuadir y proseguía en silencio.
Angulimala había conseguido situarse en un lugar ventajoso desde donde vigilaba el camino a Savatthi, pero durante varias horas lo único que vio fue a un perro perdido y algunos animales silvestres. La ruta estaba totalmente vacía. De pronto, a lo lejos, atisbó una figura solitaria que se dirigía a paso lento rumbo a su escondite. Conforme se aproximaba la figura Angulimala pudo ver que ésta vestía el manto de un monje. No podía creer que un monje fuera tan tonto como para adentrarse solo por un sendero en el cual se sabía que él había derrotado a caravanas de hasta cuarenta viajeros. ¿Acaso nadie le había advertido? ¿Esperaba que sus dioses lo protegieran? A Angulimala no le importó. Ya se tratara de un valiente o un imprudente, él le quitaría la vida. Tomó su espada, su escudo, su arco y sus flechas, descendió y caminó en pos de él.
Angulimala corre sin parar y no puede alcanzar al Buda
Tan pronto como supo que estaba cerca del monje se internó entre los árboles y salió al camino, apresurándose para atraparlo. Sin embargo, algo extraño estaba sucediendo. A pesar de lo rápido que corría no lograba alcanzar al Buda, que seguía andando con calma y a pasos regulares. Angulimala estaba perplejo. “Normalmente emparejo a un elefante o a un caballo aunque avancen a galope, incluso alcanzo a un carro y hasta a un venado. ¡Pero a este monje no puedo alcanzarlo y va caminando con paso tranquilo!” Trató de correr más rápido pero la distancia entre él y su víctima seguía siendo la misma.

Es Angulimala quien debe detenerse
Por fin frenó y le gritó al Buda: “¡Detente, monje! ¡Detente!” El Buda le respondió: “Ya me he detenido, Angulimala. ¿Ahora tú también debes detenerte!” y siguió caminando. Esto desconcertó a Angulimala todavía más. Por la apariencia de ese hombre adivinó que se trataba de un seguidor del Buda. Se suponía que sus discípulos jamás mentían. No obstante, este monje le dijo que ya se había detenido y seguía caminando. En cambio, le decía a Angulimala que él debía detenerse también siendo que ya estaba quieto. Le pidió al monje que se explicara.

“Angulimala, ya he dejado de ejercer cualquier violencia hacia todos los seres, pero tú no has sabido refrenarte. Es por eso que ya me he detenido y tú no lo has hecho”. Estas palabras sacudieron a Angulimala. Supo que por fin, aquí, en este monje intrépido, había un maestro al que podía respetar. Había llegado la hora de que renunciara a sus malvados métodos. Arrojó lejos sus armas y se tendió a los pies del Buda, rogándole que lo aceptara como discípulo. Entonces, con la cabeza afeitada y vistiendo el manto remendado de un monje del bosque, Angulimala retornó con el Buda a Savatthi.

El rey está buscando al asesino
Mientras tanto, en la ciudad, una multitud impaciente clamaba ante el palacio del rey Pasenadi, pidiendo que éste hiciera algo con respecto al ladrón asesino que aterrorizaba en las afueras. De manera que el rey cabalgó junto con un grupo de 500 hombres y al acercarse al Bosque de Jetta desmontó y caminó para ver al Buda, de quien hacía mucho tiempo había sido discípulo.

“¿Qué te tiene tan inquieto, buen rey?”, preguntó el Buda. “¿Alguien invade tu reino?” Pasenadi le contó acerca del terrible ladrón y asesino que asolaba la región y al cual dudaba que pudiera llegar a capturar. El Buda quiso saber: “¿Qué harías si Angulimala abandonara su vida dedicada al homicidio y al crimen, se rasurara la cabeza y se veistiera con el hábito de un monje para convertirse en mi discípulo?” “Le mostraría el respeto que se le debe a un monje y vería que tuviera cubiertas sus necesidades pero, señor, Angulimala está demasiado perdido por sus costumbres perniciosas y nunca cambiará”.
El rey encuentra a un monje que antes fue Angulimala
El Buda extendió su brazo para señalar a un monje que estaba sentado cerca de ahí y declaró: “Buen rey, éste es Angulimala”. Pasenadi estaba impresionado y aterrado a la vez. Se le erizó el cabello y se estremecía de pavor. El Buda lo tranquilizó: “No tengas miedo, buen rey. No hay nada que temer. El terror que sentía el rey se fue apaciguando y poco a poco recobró la compostura. Se acercó a Angulimala, le presentó sus respetos y le preguntó si había algo que necesitara.

Luego volvió con el Buda y le expresó su asombro y su gratitud por haber resuelto de manera pacífica el amansamiento de Angulimala, siendo que todo el poder del rey había fallado en esa empresa. Pasenadi regresó feliz a su palacio y su pueblo retornó a sus hogares sintiéndose seguro otra vez.
Angulimala conoce la compasión
Ahora Angulimala seguía la vida de un monje y cada mañana salía a mendigar su comida en Savatthi. Estaba un día en su ronda pidiendo limosna cuando llegó a un hogar en el que una joven se ocupaba de una labor muy difícil y penosa. Brotó en él la compasión y sintió en lo más profundo el sufrimiento de la mujer y de su hijo. A su regreso le platicó al Buda sobre esta experiencia. “Vuelve a la ciudad”, le ordenó el Buda “y dile a la mujer: ‘hermana, desde que nací, sin ser ésa mi intención, le he quitado la vida a muchos seres. Que por la verdad que te confieso puedan tú y tu hijo encontrar la paz’”.
“Señor, eso sería mentir, puesto que ha sido deliberadamente como le he quitado la vida a muchos seres”.

“Entonces, Angulimala, ve a Savatthi y dile a la mujer: ‘Desde que he nacido en el noble nacimiento no le he quitado intencionalmente la vida a ningún ser. Que por la verdad que te confieso puedan tú y tu hijo encontrar la paz’”.

Así lo hizo Angulimala y la mujer y su hijo estuvieron en paz. 

El karma sigue y la iluminación llega
El Buda vigiló con cuidado el progreso de su nuevo discípulo en el camino espiritual. Cuando consideró que se encontraba listo lo envió para que meditara solo en el bosque. Ahí, practicó con gran determinación y energía y pronto alcanzó la iluminación completa.

Un día, mientras mendigaba en Savatthi, varias personas que tenían sobradas razones para aborrecerlo por sus obras pasadas lo reconocieron. Estaban furiosas y le arrojaron palos, piedras, puñados de tierra y trozos de cerámica, en tanto que lo llamaban “asesino”. Con la cabeza golpeada y sangrando retornó con el Buda. Su cuenco estaba roto y su manto rasgado. El Buda vio que se acercaba y salió a su encuentro: “Sopórtalo, noble amigo, sopórtalo. Aquí y ahora estás viviendo la maduración de un karma por el cual, de otra manera, podrías haber padecido existencias infernales a lo largo de miles de años en vidas futuras”.

Solo, en retiro, disfrutando la dicha de la liberación, Angulimala pronunció una oración, deseando que sus enemigos también pudieran encontrar la enseñanza del Buda y conocieran la paz y la felicidad que ahora él gozaba.
No tomes a la ligera tus faltas diciendo:
“Es la última vez, no tiene importancia”.
Como un vaso que se llena gota a gota,
así se llena un necio de maldad.

No menosprecies tus virtudes diciendo:
“Lejos de mí, no tiene importancia”.
Pues una jarra se llena gota a gota
y así se llena el sabio de bondad.

Evita siempre las malas obras
como el rico comerciante evita,
con poca guardia y gran riqueza,
los caminos peligrosos;
o como aquel que ama la vida
evita ingerir veneno.

Porque una mano sin heridas
puede tocar el veneno sin temor:
así tampoco hay mal para el bueno.
(Dhammapada 121-124
)

Fuente: Saddhaloka, Encounters with Enlightenment, Capítulo 15, Windhorse Publications, Traducción de Oscar Franco, Revisión y corrección: Upekshamati Cita del Dhammapada tomada de la versión de Alberto Blanco, Fondo de Cultura Económica. Extraido de budismo.com

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