martes, 9 de abril de 2013

anarquismo individualista (Emile Armand)



Manifestaciones de la vida interior

El anarquista es sencillo, y, aunque original, no desea atraerse las miradas del vulgo. Si su vivienda es confortable, según lo que le hayan permitido las circunstancias pecuniarias, no es en modo alguno lujosa o abarrotada de objetos inútiles al desarrollo individual. Sus necesidades son normales, ni restringidas ni superfluas y si cierta experiencia de su vida le conduce a dejar inevitablemente su norma, pronto vuelve a esta, una vez realizada aquella.

De esta simplicidad natural, sin austeridad ni dureza, que es producto de la franqueza y no de la vanidad, no debe inferirse que el anarquista sea insensible a la belleza. Nadie mejor que él sabe apreciar lo vigorosamente hermoso, en arte, en literatura, en ciencia, en ética. Belleza de la Natura, de las formas corporales, del razonamiento, del placer de los sentidos, de la voluptuosidad sana, todo esto el anarquista lo aprecia, lo siente, pero sin dejarse guiar por el gusto general, o por las concepciones de un cenáculo particular cualquiera. Todo producto de una investigación sincera, toda obra que refleje un temperamento personal o testimonie un esfuerzo enérgico, toda labor y toda manifestación que haga vibrar las fibras íntimas de su ser, le atrae, despierta su atención y le hace meditar. Lo aparente, lo falso lo ficticio, lo débil y mezquino, lo pretencioso le hace daño, le exacerba, lo repudia, en fin. Sabe además muy bien que en el dominio de la estética, la apreciación es individual y que belleza y fealdad son términos relativos de apreciación.

Hombres o mujeres realmente anarquistas no pueden aparentar ascetismo. Sería una farsa negar y combatir la dominación y someterse a la vez al yugo de la austeridad, querer la libertad y crizar de obstáculos su camino.

Vivir sin renunciar a los goces intelectuales, sensuales y efectivos, desarrollando la facultad de apreciarlos sin dejarse dominar por ellos, antes al contrario juzgándolos útiles o nocivos según el equilibrio fisio-psicológico que produzcan. Seguir decididamente la ruta, recogiendo las flores perfumadas, dejando las plantas venenosas y aspirando los efluvios más puros, persiguiendo siempre lo nuevo, lo original, sin fatigarse nunca, he aquí el goce anarquista, la aspiración suprema de todo el que se siente serlo sinceramente.

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