viernes, 4 de octubre de 2013

el viento lo barre



En otros tiempos un monje estaba haciendo una peregrinación. Llegó junto a un monasterio en ruinas y preguntó qué había sucedido en aquel templo para que estuviera así. Los vecinos le contaron que un monje vivía allí solo, no tenía discípulos por eso cuando murió el templo quedó abandonado. Pasaba los días practicando zazen y escribiendo poemas. Un día escribió dos versos y después murió, no pudo terminar su poema. Todas las noches su fantasma vuelve al templo intentando terminar el poema. Los dos versos que escribió eran:
“El templo helado de la montaña está desierto y solitario,
Ningún monje vive en él”

El monje de paso decidió quedarse una noche en aquel templo, se puso el kesa y empezó a practicar zazen. A media noche llegó el fantasma y con su dedo escribió sobre las cenizas frías el principio del poema:

“El templo helado de la montaña está desierto y solitario,
Ningún monje vive en él”

Inmediatamente el monje de paso escribió a continuación:

“estas torres vacías, el viento las deja limpias.
Las salas viejas iluminadas por la luna”

En ese momento el fantasma quedó libre de sus tormentos. Nunca más volvió espantado por las ruinas de ese viejo monasterio. Este cuento es muy bello. Cada instante de nuestra vida debe llegar a término y dejar un lugar fresco y libre para el instante que viene después. Demasiado a menudo en la vida somos como ese fantasma, erramos entre el deseo y el lamentar el tiempo pasado. Incluso si no hay nadie hemos de limpiarlo todo, el viento lo limpia todo y la luna disipa la oscuridad. Poner la mirada atrás para observar el tiempo pasado, lamentar el tiempo pasado y así se vuelve uno como un fantasma. El fantasma no tiene pies.

Raphael Doko Triet

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