miércoles, 20 de agosto de 2014

vivir a medias...



Nuestro problema es que vivimos a medias. No vivimos del todo. Y vivimos nuestra vida a medias porque vivimos cada situación a medias. No entramos del todo en cada situación, y no salimos de todo de ninguna. (En el Zen se dice: estar con todo el cuerpo; estar de principio a fin). Siempre a medias, siempre a medias tintas, cabalgando entre momentos, divididos entre circunstancias. Momentos grandes o pequeños, acontecimientos de importancia o situaciones mínimas, crisis de al vida o rutinas diarias...: todo lo vivimos a medias. Un pie en una orilla y otro en la otra. Desayunamos leyendo el periódico, cenamos viendo la televisión, conducimos mirando el reloj, paseamos hablando por el celular, trabajamos pensando en casa, volvemos a casa pensando en el trabajo, contestamos sin escuchar, hablamos a uno mirando a otro... Simpre divididos, siempre a medias, siempre aquí y allá, siempre sin acabar de entrar del todo y siempre sin acabar de salir del todo. Así pasamos sin acabar de pasar por cada situación, cada vivencia, cada momento del día y de la vida. No es extraño que nos quede el sabor dudoso de hacerlo todo a medias, de no entregarnos del todo a nada, de no vivir en plenitud, porque no vivimos cada situación en su totalidad.

Salir de las cosas. No quedarse atrapado, no atascarse, no demorarse. Avanzar, progresar, crecer. Salir. Pero para salir, entrar; y para salir del todo, entrar del todo. No salimos limpios, porque no entramos limpios. Si sólo estábamos con un pie dentro, tenemos que traer el otro también dentro antes de intentar salir. Si no, se trata sólo de salir con un pie mientras entramos con el otro. Siempre a horcajadas entre dos mundos, siempre flotando incómodos sobre al situación que pasa. Nunca del todo con ambos pies firmes sobre la realidad actual. ¿Dónde estás cuando no estás contigo? Decimos que el alma está dentro del cuerpo. Ojalá fuera así. Es decir, que sí está dentro del cuerpo en realidad: pero en imaginación, en proyección, en fantasía y en recuerdo, nuestro pensamiento, nuestro deseo y nuestra atención están con repetida frecuencia lejos, muy lejos de donde se aloja des-animado nuestro cuerpo. Estamos divididos, y esa división íntima reblandece nuestra existencia.

Una aclaración. No hablo aquí de un salir precipitado, incompleto, aturdido, impulsado por la impaciencia, las prisas o la veleidad, sino de todo lo contrario: hablo de salir en plenitud, cuando el fruto ha llegado a su madurez y el encuentro desemboca por sí mismo en despedida, completando siempre los ritmos de la vida. Salir cuando se ha de salir, ni antes ni después; pero entonces salir del todo, con generosidad y con entrega. Caminar con limpieza y claridad.

Caballero Nicolás, CMF., Y me senté en silencio, a mirar a Dios. Col. El fondo de lo humano 52. EDICEP Valencia 2003. 
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Para no dejar ninguna huella, cuando se hace algo, hay que hacerlo con todo el cuerpo y con toda la mente. Hay que concentrarse en lo que se hace. Hay que realizarlo por completo, como una hoguera bien encendida. La hoguera ha de arder por completo. Cuando uno no se quema por completo, queda siempre huella de uno mismo en lo hecho. Quedan restos que no se han consumido. La actividad del Zen es la que acaba consumida por completo, sin que quede más que cenizas.

Shunryu Suzuki.

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el aire levanta las cenizas (nada)
y son el testimonio
de la vida del aire


el aire me respira (yo nada)
y soy el testimonio
de la vida del aire

yo(nada)

1 comentario:

Siddharta dijo...

Molt, molt cert!!! El zen és just el contrari de viure a mitges.