jueves, 24 de septiembre de 2009

mushotoku



Durant mesos he caminat en silenci,

per el desert del meu zazen.

Shikantaza, mushotoku.

Ara em trobo reposant

en l’oceà immens

de l’Amor que em té Jesús.

En el bell mig de la pràctica budista,

en el bell mig de la filosofia budista,

Jesús se’m fa Present.

Més lluminós que mai,

Més íntim que mai,

Més explosiu que mai.

Ara em poso a preparar la meva classe de Mecànica.

martes, 22 de septiembre de 2009

El zen es aburrido




Seamos realistas. El Zen es aburrido. No se puede encontrar una práctica más opaca, y más tediosa que el Zazen. La filosofía es seca y poco excitante. Es increíble para mí que alguien esté leyendo estas líneas. ¿No sabe la gente que puede jugar al Tetris, en este momento? ¿Que hay millones de sitios "mas interesantes" gratis por ahí? Mucha peña tiene una vida interesante, ¿por qué tú no?!

Joshu Sasaki, un maestro Zen de la secta Rinzai, dijo una vez que los maestros budistas siempre tratan de hacer que los estudiantes tarden en llegar al satori, porque si supieran lo realmente seco y sin sabor de la iluminación, nunca la querrían alcanzar.

Tiene razón. Mira a los maestros zen. Ninguno de ellos tiene ningún sentido de la moda. Se sientan mirando a las paredes en blanco. Pregúntales acerca de la levitación, no te contestarán. Pregúntales acerca de la vida después de la muerte, y te cambiarán de tema. Pregunta acerca de los milagros y comienzan a escupir estupideces sobre cargar baldes de agua y cortar leña. Ellos se van a la cama temprano y se levantan temprano. El Zen es una filosofía para tontos.

El aburrimiento es importante. La mayor parte de tu vida es pesada, insípida y aburrida. Si practicas zazen, aprenderás mucho sobre el aburrimiento. Recuerdo que la primera vez que me senté en zazen, yo estaba realmente muy contento. Pensé que tendría visiones de cuatro Krishnas armados descendiendo de los cielos, o que acabaría perdiéndome en el vacío al igual que la vieja canción de los Beatles, o alcanzando el Nirvana (sea lo que sea) o algo grande y portentoso.

Pero el reloj sólo marcaba el paso del tiempo, mis piernas empezaron a doler, y los pensamientos estúpidos iban pasando. Tal vez yo no lo estaba haciendo bien, pensé. Pero no, año tras año era lo mismo. Aburrido, aburrido, aburrido. Después de casi 20 años sigue siendo aburrido como el infierno. .

La gente odia su vida ordinaria. Queremos algo mejor. Creemos que nuestra vida cotidiana de tareas domesticas y trabajo es monótona, aburrida y gris. Pero algún día, algún día….

Hay un episodio de The Monkees donde cuenta Mike Nesmith que cuando estaba en el instituto subía con su guitarra al escenario y allí solo, sin publico, se decía a si mismo…algún día, algún día…. Después contaba que años más tarde, en pleno apogeo de Los Monkees, salía al escenario y allí, en frente de miles de fans, se decía a si mismo…algún día, algún día… así es la vida. Nunca es perfecta. Lo que "algún día" te imaginas, nunca llegará. Nunca. No importa lo que sea. No importa lo bien que construyas tu fantasía o el cuidado de tengas en seguir todos los pasos necesarios para lograrlo. Incluso si se hace realidad exactamente como lo has previsto, acabarás igual que Mike Nesmith. Algún día, algún día... Te lo garantizo.

Tu vida va a cambiar. Eso es seguro. Pero no va ser a mejor y no va a ser a peor. ¿Cómo se puede comparar ahora al pasado? ¿Qué sabes acerca del pasado? No tienes ni idea! No tienes ni idea en absoluto de cómo fue ayer, y mucho menos la semana pasada o hace diez años. ¿El futuro? Olvídalo...

La gente busca grandes emociones. Experiencias cumbre. Algunas personas vienen al Zen en espera de que la iluminación será la última experiencia del pico. La Madre de todas las experiencias cumbre. Pero la iluminación real es la más común de las cosas comunes.

Una vez tuve una visión asombrosa. Me vi transportado a través del tiempo y el espacio. Millones, no, miles de millones, billones, Godzilliones de años pasaron. No en sentido figurado, sino literalmente. Pasó como una bala. Me encontré más allá del tiempo y el espacio, una gran Totalidad compuesta de las mentes y los organismos vivos de todo lo que alguna había sido. Fue una experiencia increíble en movimiento. Acojonante. Estuve flipado durante semanas. Finalmente, le hablé a Nishijima Sensei de la experiencia. Dijo que eran tonterías. Sólo mi imaginación. No puedo decirte lo que me hizo sentir. ¿Imaginación? Esta fue una experiencia tan real como cualquier otra que he tenido. Yo casi lloraba. Más tarde, ese día, yo estaba comiendo una mandarina. Me di cuenta de lo increíblemente hermosa que era. Tan delicada. Tan asombrosamente naranja. Tan sabrosa. Así que se lo dije a Nishijima. Esa experiencia, dijo, ..eso si es la iluminación.

Se necesita un maestro así. El mundo necesita muchos más maestros así. Numerosos maestros hubiesen interpretado mi experiencia como una fusión de mi Atman con Dios, como un presagio de cosas grandes y maravillosas, hubiesen elogiado mi crecimiento espiritual y dado indicaciones sobre cómo ir más allá. Y me habría engañado a mi mismo, déjame decirte, hubiese picado el anzuelo. Si un maestro no rompe las ilusiones que te haces, no te favorece en absoluto.

¿Comer mandarinas? Venga hombre!!! ¿Habrase visto cosa más aburrida que comerse una mandarina? Lo que mola es fundirse con la divinidad en los confines del universo. Para eso estamos metidos en el rollo del Zen, ¿no?

Hace algunos años, unos científicos realizaron un experimento en el que medían la actividad cerebral de un grupo personas entre las que había algunos monjes Zen. Les pidieron que se relajaran y a continuación los sometieron a un estímulo repetitivo: el tic tac de un reloj bastante sonoro y daporculero. Las pruebas señalaron que mientras las personas normales dejaban de reaccionar al tic tac al cabo de unos segundos, los monjes seguían registrándolo mentalmente. Sicólogos y periodistas no supieron muy bien cómo interpretarlo, aunque es un experimento que se hizo muy famoso. La
cuestión es simple: los budistas se fijan en sus vidas. La gente normal cree que tiene cosas mejores en que pensar.
Si de verdad te fijas en tu vida, esa vida ordinaria y aburrida, descubrirás algo absolutamente maravilloso. Nuestras vidas sin sentido están llenas de motivos para la alegría. Y no necesitas hacer nada para experimentar esa felicidad. La gente cree que necesita experiencias extremas. Y es verdad que a veces las experiencias brutales y extremas nos conducen, aunque no sea más que por un instante, a un estado de iluminación. Por eso buscamos experiencias de este tipo. Ahora bien, el efecto desaparece echando leches y te quedas ahí, con cara de bobo, hasta el próximo subidón.


Lo que hay que entender es que no hacen falta drogas, dinamitar edificios o ganar una carrera de Formula Uno. No hace falta tirarse en parapente o seducir a la secretaria. No hace falta tener visiones en las que uno se funde con el universo. Basta con ser el que eres, con estar donde estás. Rasca la mierda del water. Saca a pasear al perro. Haz tu trabajo. Esa es la magia pura. Si de verdad quieres fundirte con Dios, esa es la forma de hacerlo. Este preciso instante. Estás sentado. Con una mano te rascas los cojones, y con la otra vas dándole al scroll down mientras piensas../ “Este tío está como una regadera” . Ese momento es pura iluminación. Ese momento nunca ha sucedido antes y no volverá más. Una vez pasado, desaparece para siempre. Ese momento eres tú. Ese momento es la unión, la fusión entre tu y el universo, Dios mismo.

La vida que estas viviendo ahora mismo encierra placeres desconocidos para el mismísimo Dios


Por Brad Warner
Del libro: “Siéntate y calla”

jueves, 10 de septiembre de 2009

El valor de la sombra

Aquí en Seikyuji a veces hace mucho calor. Un calor rotundo. En estas condiciones el ser humano rescata el instinto olvidado de buscar la sombra. La sangha se reúne en pequeños grupos debajo de los árboles en una imagen que recuerda las llanuras de la India de hace 2500 años. En estos momentos primordiales parece que el tiempo histórico sea una quimera y que aquellas personas de entonces sean las mismas que las de ahora y sus motivaciones iguales.

El verano es el tiempo de los pobres. Con poca cosa vistes y con poca cosa comes. Respecto al cobijo, una sombra es el bien más preciado. Una propiedad de carácter temporal y sometida a constantes cambios. Recuerdo ahora un cuento chino antiguo que habla del valor de la sombra, ahí va:

A la salida de una localidad, a orillas de un lago que bañaba el pie de una montaña serena, se encontraba delicadamente colocada, en su joyero de verdor, una casa grande y bonita. Estaba hecha con un basamento ocre de sillares y levantada con tabiques de madera con amplias aberturas primorosamente trabajadas. La rodeaba un agradable vergel, cercado a su vez por una tapia baja de ladrillos encalados y cubierta con tejas rosas barnizadas. Era la residencia de un viejo comerciante regordete a quien su sentido de los negocios le había asegurado un desahogo más que confortable.
Dentro del jardín, en los límites de la propiedad, había un cerezo de edad respetable que dispensaba una sombra generosa. En verano, huyendo de la chicharrina de su casa, al ricachón le agradaba descansar allí, abanicado por la brisa. Apreciaba particularmente el momento en que la sombra pasaba por encima del muro de su propiedad para estirarse hasta la orilla del lago. Allí permanecía tumbado largas horas, mecido por el murmullo de las aguas y el canto de los juncos, cautivado por los reflejos de las montañas en el espejo del lago.
Pero un día de canícula, cuando el mercader cruzaba el pórtico para encontrarse de nuevo con la sombra de su amado cerezo, ¡se llevó la desagradable sorpresa de ver a alguien tumbado en su lugar! Sólo podía tratarse de un extranjero, ya que nadie de los alrededores habría tenido semejante osadía. Su emplazamiento estival era conocido y respetado por todos, y a nadie le hubiera favorecido contrariar a este notable poderoso.
El viejo ricachón apostrofó al desconocido:
-¡Márchate! ¡Ése es mi sitio!
-¿Tu sitio?- preguntó el extranjero levantando la cabeza, coronada por un moño burdamente anudado. Pero ¿no es este un lugar público?
-¡Tal vez!- prosiguió el comerciante- ¡Pero es la sombra de mi cerezo! Me pertenece-
El hombre, con el aspecto y el atuendo de un aventurero, se incorporó con una sonrisa socarrona y dijo:
-¡Bueno, en ese caso, véndemela y podré permanecer en ella!
Y sacó su bolsa, haciendo tintinear el metal que contenía.
Esa música tan familiar y tan querida para el rico mercader tuvo por efecto detenerle en su impulso y hacerle reflexionar. ¡Nunca habría pensado en la posibilidad de comerciar con una sombra, una materia tan inconsistente, impalpable, inaprensible! La idea le pareció divertida,

Y él sabía que una de las reglas de oro de los negocios es que no hay beneficios pequeños. Cegado por su codicia, legendaria en toda la comarca, aceptó el trato, no sin antes fijar el precio de la sombra en diez taeles de plata. ¡Una suma modesta pero considerable tratándose de un bien que por lo general, no se vende! Había hecho el negocio del día. El viajero no regateó, pero pidió que el acto de venta se pusiera por escrito en la forma debida, y por duplicado. Entusiasmado con la ganga, el viejo ricachón volvió a su casa y regresó enseguida con el papel, tinta y su sello. Se cerró el negocio, y la venta de la sombra se pagó al contado.
En esa orilla del lago no había otro árbol, y el mercader regresó a su jardín, donde se contentó con la sombra de un albaricoquero. No era tan fresca como la del cerezo ni tampoco ni tampoco franqueaba el muro para que el pudiera contemplar el paisaje. Pero el avaro se acostó allí con la sonrisa de quien ha hecho un buen negocio. Sobre todo porque el desconocido, de paso sin duda, se habría marchado en unos días. ¡Pensó incluso que tal vez podría volver a vender la sombra a otro imbécil!
Cuando las nubes empezaban a sonrosarse como las mejillas de una virgen al cruzarse con un chico guapo, el rico mercader vio de repente al aventurero franquear su pórtico, Temía que el otro, si duda desengañado, viniera a reclamarle su dinero.

¡Menos mal que había un contrato escrito! El aventurero le hizo un gesto amistoso antes de sentarse con descaro en el jardín. Abrió entonces su bolsa y sacó algo de comer. A grandes zancadas, el dueño del lugar se precipitó para expulsar a aquel fresco de su propiedad.
-Sólo te he vendido la sombra del cerezo, pero no mi vergel. ¡Lárgate enseguida!
-¿Donde crees que estoy sentado precisamente?-preguntó el extranjero-.
Fíjate bien, estoy en la sombra del cerezo que ahora se encuentra aquí. Me la has vendido, es propiedad mía.
Atónito, el viejo ricachón dio media vuelta, entro en su casa y cerró tras de si dando un portazo. Al cabo de media hora, el aventurero estaba sentado bajo el porche, allí donde la sombra del cerezo se proyectaba en ese momento.

Al crepúsculo, el mercader casi se ahogó de rabia cuando vio al inoportuno franquear con su talla imponente la ventana del salón para venir a sentarse en un sillón donde la sombra había elegido domicilio. El viejo conminó al latoso a abandonar el lugar, le amenazó con hacer que sus sirvientes lo expulsaran. Pero el otro desplegó tranquilamente el contrato, lo volvió a leer en voz alta y declaró que llevaría el caso a los tribunales y reclamaría daños y perjuicios si no podía gozar de su propiedad.
Vencido por este argumento tan apreciable, el ricachón se batió en retirada a su habitación, donde se encerró y esperó a que la noche apagara la sombra del cerezo. Pero era una noche de luna llena. La sombra del cerezo se coló a través de la persiana de papel en la habitación de la joven concubina del mercader. ¿Acaso la sombra rozó su lecho, su piel de satén? La historia lo insinuaría sin afirmarlo, y el viejo ricachón tampoco habló de ello, quizá demasiado sordo para haber oído nada concreto...
El tejemaneje duró varios días. Por la mañana, el aventurero estaba indefectiblemente en la habitación de la joven concubina porque el sol naciente proyectaba en ella la sombra del cerezo...El caso es que el viejo mercader, al borde de la ictericia, acabó por llevar él mismo el caso a los tribunales, alegando un uso abusivo del derecho de propiedad.

El juez encontró muy embarazoso, jurídicamente interesante e infinitamente delicado. Dejó el caso visto para sentencia. La historia tampoco dice si este magistrado pertenecía a la raza de los hombres honrados, de los justos que impiden que el mundo bascule completamente hacia el caos, o si era, por el contrario, uno de esos funcionarios corruptos tal vez decepcionados de no haber recibido nada notable de aquel viejo rácano. Su sentencia estimó finalmente que el acto de venta era absolutamente válido, que el derecho de propiedad era imprescriptible y sagrado. Le dio la razón al propietario de la sombra y condenó al ricachón al pago de las costas, así como a una multa considerable cada vez que impidiera al otro a disfrutar de su propiedad.

A la mañana siguiente, con la muerte en el alma, el tacaño abandonó su bonita propiedad a orillas del lago, en medio de la hilaridad general de sus vecinos, para ir a habitar a una casa que poseía en el centro de la ciudad.

El aventurero se instaló en la bella residencia abandonada. Al cabo de diez años de ocupación se convirtió legalmente en su propietario. En cuanto a la joven concubina sobre la que se había posado la sombra del cerezo, el viejo mercader la abandonó entre los muros de su antigua casa, ante la insistencia, al parecer, de la arpía de su mujer titular, quien, poniendo como pretexto la incuria manifiesta de él, habría tomado las riendas de los asuntos del hogar. Y el nuevo dueño de la casa del borde del lago no tardó en desposar a la encantadora compañera abandonada, para gran alegría de ésta.

Y así fue como, vendiendo una sombra, que es como decir nada, por un puñado de monedas de plata, que es como decir casi nada, nuestro hombre de negocios perdió su casa y a su bonita concubina, una y otra compradas a precio de oro.